PRENSA INDEPENDIENTE
¿De qué lado del catalejo mira Ud.?
por Ricardo Héctor Alcolea
El catalejo es un anteojo con un sistema de lentes llamado objetivo que recoge los rayos luminosos provenientes de los objetos lejanos, acercándolos, y otro ocular, aplicado a la vista, por el que enfocamos la imagen agrandada.
Si en una inocente travesura de la curiosidad que afortunadamente aún mayores nos ocurre, damos vuelta al aparato, las personas y las cosas adquieren para el observador dimensiones de juguete, y es explicable la tentación de creerse sobrehumano ante el universo liliputiense que con la vista se abarca.
La visión de la minoridad
Los sucesos delictivos que se vienen observando desde hace algún tiempo, protagonizados por menores, con frecuencia y gravedad crecientes, que ostentan específica capacidad organizada con premeditación y alevosía, cometidos en banda en forma reiterada, están lejos de responder a los clásicos comportamientos que en materia de minoridad la sociedad tenía hasta ahora como patrimonio informativo de referencia.
Es imprescindible y urgente revisar la teoría del delito con mayor amplitud, e inscribir a los actores actualmente llamados menores dentro de un cuadro que deje de lado provisionalmente, en aras de prudencia y criterio en el método científico, la según veremos, convencional denominación.
Esta teoría incluirá la tolerancia de los fenómenos delictivos dentro de parámetros que para que se consideren normales, no deben sobrepasar determinadas marcas.
Sobre esta base, es preciso corregir las leyes para que, por un lado, la sociedad pueda, a tiempo, prevenir los males que condicionan favorablemente la inclinación de ciertos grupos e individuos hacia hechos delictivos, y por otro, evitar que el delincuente aproveche su derecho al debido proceso como táctica de ataque en lugar de legítima defensa.
Remediar al tiempo que prevenir
La necesidad de organizar en forma cierta e inequívoca los negocios, para que no existan sutiles pliegues por donde el derecho quede solapado, hizo necesario determinar la edad de plena capacidad civil; tanto el matrimonio como el trabajo independiente, con sus respectivas cargas de responsabilidad, acortaron el tiempo de acceso a dicha situación.
Y esto es lo importante que hay que destacar: la minoridad es una categoría que se coloca para asegurar la certeza de los negocios, pero en modo alguno debería ser propuesta como situación diferencial que ponga en peligro, por la ocasional excarcelación sin mayores recaudos del pequeño malhechor, a la sociedad ya bastante amenazada.
La conducta real indicadora de categorías penales
Quien es capaz de organizarse para el crimen, debe ser medido con la misma vara que otro demostrante la misma idoneidad, no importa lo pequeño que sea. A lo sumo habrá que establecer, mediante estudios psicológicos, la expectativa de reeducación en cada caso, y recluir al delincuente en establecimientos especiales, hasta que esté en condiciones de egresar con suficiente probabilidad de inserción en la sociedad, o continuar la purga de la pena en cárceles comunes, que de ninguna manera han de responder a las mismas características que las actuales, tan denigrantes para los internos como carentes de virtud en lo que a expectativas sociales.
La calificación de menor ante los negocios puede ser establecida en forma convencional, pues la experiencia recogida a través de muchos años, da lugar a presunciones sobre las cuales el núcleo social se maneja con alguna seguridad. Las excepciones o casos especiales de madurez precoz no pueden en modo alguno ser motivo de escándalo, dado que a lo sumo el pequeño tendrá que esperar un poco más para que sus dotes sean oficialmente reconocidas por el derecho positivo o la estima general.
Nadie sale perjudicado con esta espera; mas demorar hasta que un peligroso malhechor que ha producido ya daños irrecuperables y segado vidas, llegue a la mayoría de edad marcada por la ley penal para tomar con él medidas adecuadas, que tendientes a su educación al tiempo provean la seguridad del resto, es peligrosa negligencia, tanto como diferir el tratamiento del problema general de los males sociales que forman el caldo de cultivo de la delincuencia.
El problema del menor no es problema menor
Porque el problema de la minoridad no es el menor ni exclusivamente de los menores, sino el que tiene hace décadas a nuestro país a la zaga de sus posibilidades; es un problema de educación en serio y de organización, ambos principios esenciales, ya que sin la familia, en primer lugar, y los organismos intermedios, más tarde, no podrá el individuo encontrar su vocación, ni la comunidad su destino en la historia.
La madurez civil se presume; la destinada al delito se verifica fluida sin rupturas temporales en la realidad cotidiana para cada uno. Porque el conocimiento de la diferencia entre el bien y el mal, insuficiente para garantizar prudencia en los negocios legítimos, sobra para imputar al que a sabiendas elige el camino equivocado.
Por desgracia, muchas veces miramos a la realidad como por el objetivo de un catalejo, y vemos a los menores tal como si fueran mayores en miniatura, sin tener en cuenta que de esa pequeñez a que mal apuntamos con la óptica invertida del descuido ciudadano, saldrá la salvación o la ruina del futuro.